“El Faro de Bucerías “

Esa tarde me había informado Rossana que iríamos a un lugar fuera de la ciudad de Guadalajara para pasar un fin de semana, pero lo cierto era que ni ella misma sabía dónde iríamos… , -¡Vamos a ir al Faro de Bucerías!- exclamó.
¿Faro de Bucerías? -recalqué- ¿Qué diantre es eso?, acto seguido Rossana contestó: ¡Ni yo sé! pero Gabby, Martha y yo queremos que nos acompañes. En fin, como a mí me encantaban las aventuras, pues acepté de inmediato, corrí hacia mi apartamento que se encontraba en el tercer piso del mismo edificio donde ellas vivían, preparé una pequeña maleta donde puse algo de ropa ligera, pues según esto, era un lugar en la playa que se encontraba en el Estado vecino de Michoacán entre el límite con Colima.
Bajé al apartamento de “Las acapulqueñas” así las llamaban todos en el edificio, como también “las Aca’s” y algunas veces “Las Gabbys” en referencia de la escultural Gabriela Chavira, todos los vecinos sabíamos que agrupaban también a Martha Xicoténcatl, Rossana Ríos y Marcela Armienta. (Todas ellas compañeras de apartamento). A parte de estudiar en la Universidad Autónoma de Guadalajara, Rossana era la líder del grupo, Marcela era la cocinera del apartamento, vaya, la del sazón delicioso, Martha y Gabby sólo se dedicaban a estudiar y a otras labores del hogar… Luego pues, Rossana, la lideresa del grupo no tenía ni idea de qué tipo de ropa tendríamos que llevar, qué clase de comida, en fin ni siquiera sabía a dónde íbamos a dormir, ella sólo se dedicó a darnos “cuerda” y a alistarnos y motivarnos para salir a la aventura.
Lo único que pudimos meter a la maleta fueron algunas golosinas y alimentos enlatados, acto seguido vino la exclamación de mi parte: ¡Huye venao! Nos dirigimos a la central camionera que se encontraba a las afueras de la ciudad de Guadalajara, para esto eran como las 6 de la tarde y bueno, llegamos a la cita con la otra parte del grupo quienes ya esperaban ahí en la terminal: eran amigos de Martha y por consiguiente eran las personas que conocían el lugar exacto para llegar al sitio indicado ya que lo habían visitado en otras ocasiones. Nosotros nos quedamos más tranquilos al saber que ya había algunos expertos en expediciones a lo desconocido. Compramos los boletos y poco después el alta voz de la terminal anunciaba la salida del autobús; Rossana, Martha, Gabby y yo corrimos hacia allá para abordar el autobús de la aventura…
El autobús no era precisamente de primera, en ese momento estaban abordando campesinos que también iban hacia aquella región del Estado de Michoacán; se imaginarán el tipo de personas, y ya no digamos los olores (y no eran precisamente de perfume francés) que dentro de ese cajón de lata se percibían. No teníamos ni idea del destino final ni la ruta de ese autobús. Rossana se acercó al chofer para preguntarle si era el bus correcto que nos llevaría hacia el Faro de Bucerías, -Así es-, contestó el chofer, -¡éste es!- ¿Usted podría avisarnos? recalcó Rossana, -¡Claro que sí, yo les aviso dónde tienen que bajar! confirmaba el chofer. Rossana como buena periodista, siguió cuestionando al conductor una vez más, solo para preguntarle… ¿Cuantas horas serán de viaje? -Pues le diré, -respondió el chofer- alrededor de 3 horas… -¿Tres horas? ¡Eso se hizo eterno!
La luna nos iluminó todo el camino, yo no había podido pegar el ojo durante todo el viaje, me dediqué entonces a mirar por la ventanilla y tratar de ver por dónde íbamos, cosa que por supuesto, no tenía ni idea, pero al menos me distraje contando estrellas y mirando el mar a lo lejos acercarse cuando el autobús se dirigía en camino hacia él. Así, entre colinas y laderas, el autobús se posicionó justo al lado del mar, maravilloso paisaje nocturno al ver la luna reflejarse sobre la inmensidad y quietud del mar y seguirnos al pie de la carretera.
Era la media noche cuando la angustia me invadía, todos a mi alrededor dormían como si estuvieran en un cómodo autobús de primera… de repente, el camión de hojalata hizo rechinar los frenos y parar bruscamente a la mitad de la iluminada noche ¡Faro de Bucerías! -gritó el chofer-.
Al descender del autobús, Rossana, Martha, Gabby y yo nos volteamos a ver y girábamos la cabeza hacia todos los sentidos; la luna iluminaba el paisaje entre montañas y peñascos y en medio de la nada. ¡¿Aquí es Faro de Bucerías?! -exclamamos en coro- el chofer gritó: ¡Sí! cerró la puerta y partió, el motor aceleró y el autobús siguió su ruta desapareciendo las luces del mismo en una loma y cayó la noche para nosotros, la quietud y el silencio nos invadió, la noche era fresca y húmeda, el firmamento podía apreciarse y la luna era tenebrosa en aquella aldea que comenzábamos a atravesar. Poco a poco nos internábamos hacia el mar, empezamos a escuchar el reventar de las olas, pero aun así, muy lejos en la distancia; de pronto, los perros empezaron a alebrestarse al sentir nuestra presencia, lo que hizo que el miedo nos invadiera; estábamos cruzando un pueblo fantasma donde no había un destello de luz eléctrica, el terreno era árido y entre matorrales y una simple vereda por camino. Iniciamos nuestra travesía por aquel poblado donde solo la luz de la luna nos iluminaba el camino; los perros seguían ladrando a nuestro paso y así continuaron hasta que dejamos atrás el poblado. Quizás habíamos cruzado como un kilómetro y medio ya cansados de viajar en el autobús por más de 5 horas sin ninguna comodidad.
El reventar de las olas era cada vez más fuerte hasta que después de unas cuantas dunas lo tuvimos frente a nosotros; el estruendo era muy singular, alcanzábamos a ver aquellas enormes olas; la frescura de la brisa nos comenzó a arrullar y depositamos nuestras pertenencias sobre la arena, ahí extendimos unas cuantas sábanas y toallas y nos sentamos a escuchar los sonidos de la playa. Los amigos de Martha habían llevado algunas casas de campaña, pero solo las extendieron sobre la arena… ya era demasiado tarde para armarlas, y el sueño y el cansancio nos fue tumbando uno a uno sobre nuestras improvisadas camas…
Como si el sueño se hiciera realidad al despertar… Unas horas más tarde, el sol nos pegó de lleno en la cara muy temprano y no pudimos estar más tiempo tirados sobre la arena, el calor de inmediato comenzó a subir y comenzamos a sudar y a escurrirnos por la frente perlas de sudor…, abrimos los ojos, aún con la cara hinchada y lagañosa… ¡Mira qué belleza de lugar! exclamó Rossana, acto seguido el resto del grupo,- al menos nosotros: Martha, Gabby y yo- no habíamos nunca estado ahí y constatamos la veracidad de la exclamación de Rossana.
El Faro de Bucerías es una bahía enorme con numerosos peñascos; la veíamos de frente, de frente al mar aquellas olas gigantescas que reventaban con tal fuerza que subían el pronunciado declive casi hasta donde estábamos, por lo que tuvimos que movernos; la espuma llegaba hasta nuestros pies, el estruendo era simplemente sensacional, las aguas cristalinas del océano Pacífico y sus colores excepcionales. Del lado izquierdo de la bahía, en uno de los peñascos, estaba el famoso y tan mentado “Faro de Bucerías” el cual le daba ese hermoso nombre al pintoresco lugar. Según cuenta la historia, una embarcación japonesa chocó con las rocas y para evitar accidentes futuros, fue construido el faro.
Comenzamos a armar las casas de campaña y a acomodar lo que sería el área de nuestro ‘hotel’, en esos tres días que permaneceríamos por ahí. Más tarde comimos unas salchichas enlatadas que habíamos llevado y poco después, fuimos a dar un paseo para conocer el lugar y disfrutar las bellas playas de Bucerías. En una zona muy cercana, habían restaurantes muy típicos y bastante modestos, construidos de palmas y palos, una especie de ‘palapas’ muy rústicas; esa mañana llegamos ahí a desayunar, era muy temprano y los mariscos que veíamos eran bastante frescos; camarones a la diabla ordenamos, deliciosos y sumamente baratos; la vista era hermosa, el mar se veía bastante picado, así que era imposible meterse a nadar. Hacia el lado izquierdo de la gran bahía, las olas eran más suaves y hacia allá nos dirigimos para poder disfrutar el mar y sus cálidas aguas. El agua era tan cristalina que podíamos ver nuestras extremidades, era una especie de piscina con aguas más tranquilas.
Comenzamos a subir entre las filosas piedras para tomarnos fotos del lado donde las fuertes olas reventaban al golpear con el peñasco, justo el lugar preciso para estampar las mejores fotografías de aquella belleza natural. Martha, Gabby, Rossana y yo posamos pues para las fotos del recuerdo; en una de esas, estábamos tan concentrados en el ‘lente’ y disfrutando, cuando de repente… ¡vino una fuerte ola que nos cubrió por completo! no pudimos correr por lo irregular del terreno, y todos quedamos ¡completamente empapados!, la risa de todos nosotros ante aquel evento nos dejó un feliz recuerdo que hoy día aún guardo en mi memoria. Toda la tarde nos la pasamos entre aquellas rocas y peñascos donde las olas eran tan fuertes que al reventar subían hasta lo alto y nos rociaban de agua fresca como si fuera una cortina de suave brisa.
Toda esta historia quedó plasmada en aquel papel “Kodak” donde aún se conservan algunas fotografías que guardamos muy celosamente todos los asistentes a aquella aventura que nació de la noche a la mañana.
Al día siguiente decidimos explorar la otra zona, la del lado derecho de la bahía, después de comer algunos mariscos y pescados frescos de los lugareños, que por cierto vale la pena mencionar, eran sumamente amables. Poco después emprendimos la expedición hacia ese peñasco y comenzamos subir hasta cruzar hacia el otro lado que desde la bahía no se veía. De aquel lado había una playa enorme, todo virgen, era hermosa como la de Bucerías, ahí permanecimos toda la mañana hasta que al medio día llegaron los pescadores con pescado y mariscos frescos; ellos comenzaron a guisar todo aquel producto del mar y más tarde nos deleitábamos con aquel manjar de delicias. El coctel de pulpo era algo ¡fuera de serie!
Las provisiones se nos acababan y entonces decidimos caminar al “pueblo fantasma” que habíamos cruzado la noche que llegamos. Era todo un espectáculo ver a los lugareños, pues no había luz eléctrica; recuerdo que una mañana llegó un camión de Coca-Cola a dejar productos líquidos, entre ellos agua embotellada; nos preguntábamos ¿en dónde enfriaba esta gente esos productos? o ¿las cosas perecederas? Al poco rato, mientras estábamos dentro de la tienda de abarrotes, arribó otro camión que traía bolsas de hielo, bajó el camionero y dejó varias en la tienda, la gente llegaba también a comprar hielo. ¡Ahí estaban las respuestas! La tienda solo tenía los productos necesarios básicos, todos los productos acomodados en las repisas pero llenas de polvo y arena, eso era lo que el viento hacia volar en tan desértico terreno, en medio del pueblo que solo contaba con una calle de terracería y las pequeñas chozas de lado a lado.
Así transcurrieron los 3 días que al parecer se habían esfumado muy rápido. Un lugar inhóspito donde solo existía un baño comunitario, ahí hacíamos nuestras necesidades y nos bañábamos para quitarnos la arena y el exceso de sal en la piel y el bronceador; al salir de ese baño, la sensación era diferente. Ya por la tarde, esperábamos ver el atardecer que era simplemente sensacional, ya frescos y cambiados para descansar y admirar las estrellas en total obscuridad ¡el firmamento completo en aquella pantalla negra donde solo se reflejaban las estrellas!
Para entretenernos, hacíamos fogatas y jugábamos algo mientras la larga noche nos cansaba, se sentía como si el tiempo no avanzara, caminábamos en la orilla de la playa para refrescarnos los pies en aquel calor tropical, escuchando el romper de las olas que marcó en nosotros aquella odisea fantástica en aquel lugar llamado Faro de Bucerías.
El regreso a la Ciudad de Guadalajara estaría lleno de sorpresas también. Esa mañana nos levantamos muy temprano y comenzamos a empacar todas nuestras pertenencias, depositamos la basura en su lugar y dejamos todo el lugar tal y como lo encontramos; poco después nos dirigimos hacia la carretera donde el autobús pasaría para llevarnos al pueblo más cercano y una vez ahí, tomaríamos el otro autobús con dirección a nuestro destino final.
El primer autobús no tardó en pasar y pronto arribamos al pueblo, pero ahí tuvimos que esperar alrededor de una hora para abordar el siguiente autobús, éste iba completamente lleno, no había ni donde sentarse, veníamos muy cansados y con la piel muy sensible pues estábamos completamente bronceados después de permanecer por tres días bajo los rayos del sol que caía a plomo.
Alrededor de dos horas de camino, sentados en el pasillo, hasta que comenzaron los primeros pasajeros a bajar en sus lugares de destino y nosotros así mismo fuimos acomodándonos en los asientos, uno por uno, hasta que todos estuvimos ya ‘cómodamente’ sentados. De la misma forma comenzamos a admirar lo bello del paisaje: de un lado el mar que de repente se dejaba ver desde lo alto de las colinas que iba atravesando el autobús, era un camino muy angosto pero la belleza del paisaje nos hacía olvidar el cansancio y lo peligroso a veces del camino, pues entre ratos eran precipicios que solo podíamos ver frente a nosotros.
Quizás habían pasado tres horas, cuando el autobús por fin tomó una autopista, aquella que iba directo a la ciudad de Guadalajara a donde llegamos entrando la tarde…
Faro de Bucerías, toda una excursión sin precedentes, una aventura sin igual, un corto viaje muy rústico pero lleno de satisfacción, vivir la naturaleza y el mar tan cerca, con carencia de las cosas que se han hecho necesarias en la actualidad; la convivencia con lugareños y comer los productos frescos del mar: sus pescados y mariscos; ver salir el sol en el horizonte y verlo ocultarse detrás del peñasco era todo un espectáculo lleno de colores al atardecer; valió la pena sentirlo y vivirlo y de esa misma forma quedó plasmado en mi memoria a la cual me traen esos sueños de juventud.

Correctora ortográfica por: Alicia Alvarado Ballesteros @balles20

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Acerca de Manolo De La Cruz

Nacido orgullosamente tabasqueño, crecido en la tierra de los "tumbapatos" en Macuspana cruzando el río Puxcatán en San Joseito "Rancho 2-Hermanos". Vivido en Costa Rica y parte en Caracas, Venezuela. Escritor cómico, narrativo, descriptivo, anecdótico y ahora pintor empírico. Ver todas las entradas de Manolo De La Cruz

7 responses to ““El Faro de Bucerías “

  • Juan Manuel Lucio

    Hola Manolo , donde te puedo enviar algo personal , un abrazo gracias y disculpa Juan Manuel ( padre)

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  • Cristypaz

    hola manolo, me gusto lo que escribistes, me siento parte de la aventura, que solo tu sabes realizar y se transporta. Ya estrañaba tus escritos. Saludos,

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  • Tere Aristi

    Fantástico relato!!! Por supuesto me transporte a ese bello lugar, no tienes idea como me lo imaginé, que afortunado eres el haber disfrutado esos lugares con amigos que se vuelven inmemorables, felicidades como siempre de 10 tus anécdotas.(Primera vez que escucho de ese lugar)

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  • Concepcion

    Guauuu..Manolo me encanta leer todo lo que escribir .sin haber estado nunca ahi..con tus escritos me as llevado a todad esas aventuras …Gracias por compartirlas….

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  • Alicia Alvarado

    Una vez más nos llevas al lugar y momento de tus aventuras, nunca dejes de escribir, es un don que debes seguir cultivando.

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  • Blankys Alvarado Peralta

    Querido Amigo, bellísimo como siempre, no me canso de leer una y otra vez tus hermosos relatos, me tele transporto a tus aventuras bien redactadas.
    Cuídate mucho y te deseo mucha vida llena de salud y bienestar !
    Saludos, besos y abrazo fuerte a la distancia !

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  • Norma Ruiz

    Muy padre historia Manuel muchas felicidades….que rico recrear el paisaje a través de tus vivencias. Gracias por compartirlo y felicidades por la capacidad de tu memoria. Un abrazo

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